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martes, 17 de septiembre de 2013

YEHUDA HA-LEVI

Yehuda Ha-Levi es un poeta judío nacido en Tudela hacia 1070. Siendo joven se marcha a Córdoba y después a Toledo, donde ejerce la medicina. Viaja a Tierra Santa y en Jerusalem le sorprende la muerte en 1140.
Su obra poética es muy extensa y se inspira en los más variados temas, como el amor, la amistad y el mar. Panegíricos, cantos de boda, elegías y composiciones autobiográficas forman parte del extenso diwan que se conserva del autor. Poeta culto, autor de una poesía lírica rica en metáforas y descripciones, donde no faltan las reflexiones filosóficas y religiosas. Cultiva diversos metros y estrofas. Son famosas algunas de sus jarchas escritas en el incipiente romance, al final de las moaxajas. Su obra más importante es El Quesudá o Himno de la creación.
En los poemas amorosos abundan las moaxajas, compuestas por dos versos introductorios seguidos, generalmente de estrofas de cinco versos. También utiliza algunos dísticos o breves epigramas. El recurso del paralelismo y la riqueza de metáforas sobre la belleza de la amada y los efectos del amor constituyen unas de las características principales de su obra.

Esplendor de la amada

En  “la poesía amorosa” de Yehuda Ha-Levi, la amada es el objeto principal a quien van dirigidos los versos del poeta amante. Hay una omnipresencia de la joven doncella en el pensamiento del amante. Una amada que es llamada cierva o gacela. Insistentemente aparece este apelativo que, representa la belleza, gracilidad, inocencia, e inasibilidad de la amada.

El poeta es el enamorado protagonista del poema que goza y padece los “efectos del amor”. De ahí la frecuencia de un “yo poético” no exento de algunos desdoblamientos polifónicos que dan variedad y riqueza a los sempiternos temas  amorosos. A la amada se dirige generalmente en segunda persona; pero cuando, excepcionalmente, lo hace en tercera, la inmediata aparición de los pronombres personales de la primera persona del singular sirve para constatar el absoluto protagonismo de ese “yo poético”, agente y paciente al mismo tiempo de las veleidades del amor. Todo ello reforzado con un recurrente paralelismo para resaltar más, si cabe, la  belleza de la amada y la servidumbre y disposición del afligido enamorado, siempre pendiente de ella, en su presencia y en su ausencia, en su accesibilidad y en su rechazo, en su cautiverio y en su dolor. Este breve poema, de tan sólo cuatro versos, con un paralelismo rebosante de bellas metáforas, en el que utiliza el presente de indicativo, como una constatación de que siempre ocurre así lo que relata, da fe de lo dicho:

La cierva lava sus vestidos en las aguas
de mis lágrimas y las tiende al sol de su esplendor.
No precisa agua de manantiales, pues tiene mis ojos,
ni sol, con la belleza de su figura.
                                                                                     (41)
Una gacela-amada deslumbrante, comparada tan obsesivamente a lo largo de los poemas con el resplandor del sol en su cenit, que la hace inaprensible al sentido de la vista, de tanta luz como desprende. Pero, a veces, la cercanía se hace precisa y el poeta, sin olvidar el símil del sol, recurre al momento de su orto, donde sí puede ser contemplado y, en consecuencia, también la imagen de la amada. Entonces prescinde del  paralelismo y recurre a lo narrativo, sin abandonar por ello el rico y abundante empleo de metáforas, encabalgando versos de principio a fin, e hilvanando circunstancias temporales y párrafos descriptivos para hacer más fidedigno el relato del “encuentro amoroso”:

La noche en que la joven gacela me descubrió
el sol de sus mejillas y el velo de su pelo,
rojizo cual rubí, cubriendo, sobre
sien de húmedo bedelio, su bella imagen,
se parecía al sol, que cuando despunta enrojece
las nubes del alba con su brillante llama.
                                                                                         (45)
El diálogo directo aparece, a veces, sin introducciones y yuxtapuesto, como ocurre en la conversación. La
amada convoca al amado con el título de “príncipe de la belleza” , y el amado la cita con ese otro vocativo ¡mi preciosa gacela!, en el que el posesivo “mi” representa la pertenencia de la amada, también repetido en “esta mi noche”, queriendo significar con ello una cita amorosa ya acordada en la que el amado le solicita el encuentro amoroso con esa delicada metáfora “reúne un tropel de delicias”:

Te conjuro, ¡príncipe de la belleza!,
¡mi preciosa gacela!: aleja los pesares
esta noche mía, con tu compañía reúne
un tropel de delicias para el pobre corazón doliente.
                                                                                                           (87)    
  El amado, esclavo de la amada: Una lírica de la ausencia

El poeta está cautivado por la belleza de la amada de tal forma, que se siente esclavo de ella; pero con una esclavitud que se le antoja cruel. El bello vocativo que abre el poema para dirigirse a la amada y la alusión a la hermosura no es óbice para, nuevamente con el empleo del paralelismo, recalcar su condición de prisionero:
Graciosa gacela, con tu hermosura me cautivaste,
cruelmente me esclavizaste en tu prisión.
                                                                                           (43)
Y, aunque querida, es una esclavitud que produce en el amante sensaciones contradictorias porque, en definitiva, no soporta la ausencia de libertad. Esa falta de libertad es la que le hace decir en un breve monólogo interior, sin la presencia de la amada:

Irritado estoy con la gacela
por haberme puesto en cautiverio.
                                                                           (97)
Todo esto lo constata en un breve epigrama con un juramento de amor. Un amor que le lanzó una flecha y que nos recuerda a la iconografía del dios arquero Cupido. La oreja perforada es símbolo de esclavitud, ya que a los esclavos se les perforaba y se les ponía un aro, en tanto que el corazón partido en dos simboliza ese corazón herido de amores, cuya metáfora se sigue cantando hasta nuestros días:
¡Por la Alianza!, amado mío, ¡por tu vida! ¡por
vida del amor que me lanzó una flecha!
¡Juro que soy siervo del amor que ha perforado
mi oreja y ha partido en dos mi corazón!
                                                                          (93)
Pero a la crueldad de la prisión se le añade la aflicción por la ausencia de la amada. La comparación de la amada con el sol no se refiere, como antes, a su fulgor, sino que el orto y ocaso del astro rey son ahora el símbolo de la presencia y la ausencia de la amada. Por eso afirma categóricamente:

La cierva que surgiera como el sol,
aflige a su amante con su ausencia.
                                                                                (69)
Ausencia que se hace insoportable. De ahí el tono lastimero y levemente imprecatorio con que se dirige a la amada, en un sentido interrogante retórico lleno de ternura. Es en estos versos, donde la “lírica de la espera” constituye, con su morosidad, el momento más puro de la poesía. Por eso el poeta no requiere la inminente
presencia de la amada, sino la de los mensajeros que anuncien su presencia, para gozar-sufrir durante todo el tiempo que dure su venida, porque en el camino está la esperanza, y es en esta “esperanzada espera” donde surge la más alta frecuencia del latido y, consecuentemente, el momento amoroso por excelencia, en el que, de ser mensurables, serían más patentes los dolorosos efluvios del amor:

¿Qué te pasa, gacela, que no envías tus mensajeros
al amado cuyo pecho rebosa de dolor por ti?
                                                                                                (55)
El fuego de la distancia hace dudar del amor de la amada. Un rechazo insoportable que obliga al enamorado a solicitar la muerte a manos de la amada. Pero, inmediatamente, se desdobla, como emisor del mensaje, en una polifonía en la que pasa a referirse a sí mismo utilizando la segunda persona, con nuevas metáforas sobre la ausencia, para terminar en una súplica amorosa en la que la leche y la miel son sensual simbología de la entrega amorosa. Cuatro versos de inicial y bélico enfrentamiento, que terminan en el desesperado imperativo “¡desenvaina!”, pidiendo la muerte a manos de la amada, dan paso a otros cuatro, que concluyen en ese otro imperativo “troca” en los que solicita la consumación amorosa.

Contra la víctima de tu amor arrecia el combate,
inflama el querer con el fuego de la distancia.
Me desdeñas, ¡por eso blandes contra mí la lanza!;
También siento yo hastío de mi alma, ¡desenvaina!
¡Hermosa doncella!, no conviene que tu amado esté cautivo,
acércate y aleja el carruaje de la ausencia.
¡El lecho de mis penas troca en gozoso tálamo,
y da a gustar a tu amante leche y miel!
                                                                                        (47)
Por el contrario, el anuncio de llegada de la amada es saludado con insólita y fría seguridad en estos dos versos iniciales de una moaxaja:

¡Saludos a la joven gacela
aunque el fuego de su amor me abrase!
                                                                                  (69)
¿Dónde está tanta pasión, tanto arrebato? ¿Por qué, ahora que llega la amada, es tan lacónico su recibimiento? Sólo se entiende como inevitable protocolo dirigido a los mensajeros que anuncian su llegada, o bien porque la amada llegue acompañada por su séquito. De ahí la frialdad del saludo, aun con la inevitable constatación de que quedan los rescoldos que la ausencia ha provocado. Y así, las dos siguientes estrofas de la moaxaja van transitando con esa estudiada distancia con que habla de la amada en tercera persona:

La vida de su voluntad depende,
junto a ella los muertos resucitan.
                                                                           (69)
Pero, en la tercera estrofa, tras un primer verso que mantiene el mismo tono y el mismo tiempo, vuelve en el segundo, repentinamente, a la cercanía de la poesía del “tú” con un interrogante de reproche a la amada:

Sus cabellos son dorados, perfecta su hermosura,
¿cómo puedes, ¡oh gacela!, devorar cual león?
                                                                                              (69)
Ahora el poeta sufre con la presencia de la amada, porque, en ese inquieto no vivir de la cárcel del amor, no puede evitar el pensar en la inminente partida. Y, entonces, de nuevo el tono lastimero toma cuerpo. En la explícita  declaración de amor ya no hay dudas. Ha desaparecido el dolor por la prisión y la angustia por la ausencia. El acercamiento, el requiebro, debe ser comedido para evitar que huya la gacela-amada. Se adivina ahora la intimidad del momento:

No te alejes, gacela, que mucho te he querido desde siempre.
Eres mi amor y mi deleite, me basta tu favor, ¡me basta!
                                                                                                             (73)
La ausencia y la presencia se muestran, a menudo, contrapuestas y, consecuentemente, la antítesis aparece paralelamente en la descripción metafórica y en sus correspondientes efectos:

Víboras son tus mejillas, mas de ellas fluye bálsamo;
al ausente torturan, al que está cerca sanan.
                                                                                             (51)
Y si la llegada es la esperanza, la partida es la muerte. La solicitud a la amada para que se apiade de su corazón, en el que “siempre” ha morado, nos habla, desde la primera separación, de la “muerte que provoca la ausencia:

         Cierva graciosa, ten piedad del corazón en el que siempre moraste;
Bien sabes que el día de tu marcha me hará morir tu ausencia.
                                                                                                                              (61)
Es la causa por la que se ofrece como cordero al sacrificio. La vida es ya por entero de la amada, y el amante está dispuesto a hacer lo que le pida, aunque, tras tanta seguridad mostrada en su primer ofrecimiento, ante la posibilidad de la muerte, no puede por menos que apuntar una cierta debilidad final, entre la súplica y el deseo:
¡Aquí me tienes si deseas mi muerte! ¡llámame y responderé!
No hay en mi boca engaño, ¡te lo juro! Pídeme lo más arduo.
Pocos son mis días y tuya es mi vida, ¡ojalá la alargaras!
                                                                                                (65)
La “muerte” se repetirá en cada partida. El nuevo viaje de la amada, con esa metáfora marinera de la dura separación (llevada a cabo por la propia amada) y por el oneroso peso que le ocasiona, termina en una bella antítesis entre llegada y partida, entre vida y muerte:

Desde que al partir soltó mis amarras,
suplico sin que nadie me atienda.
¿Qué ocultaré? Mi morada me delata,
mis lágrimas no disimulan mi mal,
tan pesado que no puedo resistirlo.
Un día da la vida, otro la muerte.
                                                                        (83)
Pero la muerte no es una muerte definitiva sin posible retorno. Diríamos que es una especie de “muerte larvada”, que sólo necesita un mínimo atisbo de la presencia de la amada para que el amante resucite. La patente hipérbole del primer verso nos hace pensar en ese tipo de muerte amorosa de la que se puede retornar. Y es que el amor todo lo puede. Bastará el leve sonido de las campanillas de manto de la amada o una pregunta suya para volver a la vida al amado que, enseguida, se interesará  por ella:

Si después de mi muerte llegara a mis oídos
el tañir de campanillas doradas del borde de tu manto,
o preguntaras cómo le va a tu amigo, desde el se’ol
me interesaría por tu amor y bienestar.
                                                                                        (57)
Y, de nuevo, comenzará el repetido ciclo de ausencias y presencias, de ortos y ocasos, de muertes y resurrecciones. Pero, a veces, para no tener que padecer esas “muertes” provocadas por la partida, el poeta-amante pone saludos de ánimo en la boca de la amada para que el viento los haga llegar hasta él. Palabras que son el hilo de un recuerdo que le mantiene vivo. Otra vez utiliza el texto narrativo, con la constatación del día y lugar donde se selló el pacto de amor, para dar verosimilitud al relato:

Sobre las alas del viento pongo mis saludos
cuando hacia mi amado sopla con el calor del día;
sólo  pido que recuerde el día de su partida,
cuando hicimos un pacto de amor junto al manzano.    
                                                                                         (89)
El clímax de la resurrección viene dado con la consumación del amor. La relación metafórica pechos-manzanas pone de manifiesto la erótica del relato, con la antítesis de bálsamo y herida que provocan. De nuevo se impone el texto narrativo, utilizando el tiempo pasado:

Recuerdo el día en que me prometió
devolverme a la vida, y lo cumplió:
con dos manzanas confortó
mi alma, que volvió a mi cuerpo,
no sin antes haberme con ellas traspasado.
Se abrazó a mi costado durante todo el día,
y al ponerse el sol se retiró
para marcharse a casa, gritando amargamente.
                                                                                            (71)

libro Yehuda Ha-Levi, Poemas, con introducción traducción y notas de Ángel Sáenz-Badillos y Judit Targarona Borrás, y estudios literarios de Aviva Doron, en edición bilingüe, editado por Clásicos Alfaguara. El trabajo está hecho sobre los 21 poemas iniciales que comprende el apartado “Poemas de amor y vino”.